La identidad como concepto ha sido abordada desde
diversas disciplinas y niveles de análisis, siendo posible reconocer en su
constitución un proceso variable y en constante desarrollo que transcurriría en
gran parte de manera inconsciente, y que se encontraría continuamente
mediatizado por los otros. Una definición comúnmente compartida respecto de
ésta, es aquella que desde los planteamientos de E. Erikson (1968) aparece como
una sensación de mismisidad y continuidad del sujeto, que le permite establecer
una diferenciación entre él y los demás, proveyéndole de un lugar desde el cual
sostener un diálogo con la sociedad.
Ormeño,
M., (2007, citando a Lagarde 1992, p.42)
la propone como el sistema unitario de representaciones de sí,
construidas en el curso de la vida de una persona, mediante las cuales se
reconocen a sí mismas y son reconocidas por los demás como individuos
particulares y miembros de categorías sociales distintivas.
Una
de las primeras categorías sociales de la que se hace partícipes a los sujetos
tiene relación con el género. Robert Stoller propone que a partir de la
anatomía del infante y ligado a la mirada de los padres, comienza un proceso
intersubjetivo que desemboca en la formación de una convicción de género. Desde
que nacemos, lo primero que se dice de nosotros es si somos, niña o niño,
inscripción realizada a partir de nuestras características físicas, las que
desde ese instante estarán en permanente cambio, cambios que irán acompañando y
reforzando este primer reconocimiento, el cual corresponde al sexo, y que se
encuentra determinado por la diferencia sexual inscrita en el cuerpo, y por lo
tanto anclado entonces, al orden biológico.
Junto
a él, se encontrarán anudadas una serie de creencias y expectativas sociales y
familiares respecto a la forma en la que nos habremos de conducir según seamos mujer u hombre, que
abarcarán aspectos como la forma de vestirnos, de comportarnos, de demostrar
nuestras emociones, las áreas laborales en las que nos podríamos desempeñar,
elección de pareja, nuestro lugar en la sociedad, entre otros. A este conjunto
de elementos diferenciales para mujeres y hombres se le denomina género, y resulta un elemento constitutivo de nuestra subjetividad e identidad. Éste tiene
que ver con los significados que cada sociedad le da a esta inscripción y el
cómo cada uno nos relacionamos con éstos, de manera que estaría ligado a un
aspecto de índole psicológico y social.
Respecto
del género, el individuo establecerá los primeros reconocimientos de los otros
y de sí mismo, acción fundante de la Identidad de Género, la que será
entendida como “la identificación de cada persona con el género que siente,
reconoce y/o nombra como propio” (Ormeño, M., 2007, p. 42).
En
la constitución de ésta, cobra particular importancia el mecanismo de identificación,
el que es entendido como el “proceso psicológico mediante el cual un sujeto
asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o
parcialmente, sobre el modelo de éste (Laplanche, J. y Pontalis, J., 1996, p.
184). Las diversas identificaciones que realice el sujeto se convertirán en un
aspecto fundamental en la conformación de la personalidad del individuo.
A
través de la identificación, se conformará en el sujeto un sentimiento de
pertenencia al género femenino o masculino, junto a la posibilidad de que los
demás lo perciban como tal. La aparición de este sentimiento, se reconoce como
muy precoz, situándolo Emilce Dio Bleichmar (1994) a mediados del segundo año
de vida, y anterior tanto al
reconocimiento de la diferencia sexual anatómica que separa a hombres y
mujeres, como al reconocimiento de la posición de cada cual en la reproducción.
En este sentido, podemos plantear que tanto hombres como mujeres ya desde muy
temprano se perciben como diferentes.
La
identidad de género se irá elaborando con base en la asimilación de diversas
construcciones sociales sobre cómo se ha de comportar un sujeto siendo hombre o
mujer, por su carácter simbólico y cultural, resulta importante observar el rol
que juegan las representaciones sociales en torno a lo femenino y lo masculino,
las que el niño en su desarrollo irá aprehendiendo, internalizando e
interpretando en su construcción genérica. Niñas y varones, al ingresar desde
su nacimiento a la cultura, encuentran que ésta ya tiene construidos los
modelos, las representaciones y prohibiciones que irán conformando al yo y a
sus ideales.
Es así como conformará constructos sobre
aquello “propio” para cada sexo, irá aprendiendo los deberes ser del género,
asiendo los estereotipos ligados a su vivencia genérica, los que pueden ser
entendidos como “un conjunto de creencias compartidas dentro de una cultura,
acerca de los atributos o características que poseen hombres y mujeres”.
(Baron, R., y Byrne, D., 1998, citado en Roselló, M., 2006, P. 12)
Marta
Lamas (1995) propone que la transmisión de la lógica del género y la eficacia con la que ésta opera se
sustenta en el hecho de que se encuentra anclada al lenguaje y a la trama de los
procesos de significación.
El
género aparece entonces, como una
especie de tamiz cultural por medio del
cual interpretamos el mundo, y también una especie de armadura con la que constreñimos nuestra
vida, rigiendo nuestras prácticas, discursos y representaciones sociales.
Sin
embargo, la manera en cómo los imperativos sociales que la lógica del género
establece tomen forma en cada uno de nosotros,
va ser la resultante de un proceso intra e intersubjetivo particular,
que no siempre va a recorrer el circuito marcado socialmente para cada uno de
los sexos, de manera que la forma en cómo se forje esta convicción puede
presentar variadas rutas y “puntos de llegada”.
Es
así como la visión del género como significado cultural que el cuerpo sexuado
adquiere en un momento dado, aparece puesto en cuestión por el travestismo.
Éste parece señalar que, “aún admitiendo la existencia de un sexo binario
natural, no hay razón alguna para suponer que los géneros sean también,
automáticamente, dos” (Fernández, J.,
2004, p.15), bajo la ecuación de hombre = masculino y mujer = femenino.
No
obstante, en tanto que esta lógica
binaria se toma por “natural”, genera represión y opresión en quienes no se
ajusten a las normativas que desde ella se proponen. Eliana Carril (2002)
sostiene que cuando hombres y mujeres acceden a territorios reservados por la
cultura al otro género, se considera que están invadiendo dominio extranjero.
Bajo
esta perspectiva, Benjamin (1966, citado en Mercader, P., 1997, p. 50), plantea
que en el travesti se reconoce una problemática social, en tanto que si bien
ellos adoptarán todas aquellas características que lo femenino define, no
intervendrán sus genitales, lo cual los
deja por fuera de toda definición de género o sexual existente. Lo antes
planteado tiene como base el análisis respecto del cual se aprecia que en el
paradigma occidental no se contempla un
lugar para aquellas mujeres sociales que tienen genitales masculinos, la
posibilidad de que existan mujeres sociales con pene erosiona la coherencia de
la heterosexualidad y el género biológico. Ante estos planteamientos surge la
interrogante acerca de ¿de quién (es) hablamos cuando pensamos el género?,
puesto que bajo la lógica imperante existirían personas des – generadas, por
cuanto quedan fuera de los ordenamientos sociales existentes.
Ormeño,
M., (2007) plantea que desde la óptica
transgénero, la identidad se conforma en una integración contingente,
performativa, de rasgos tales como el cuerpo, el deseo y la sexualidad, el modo en que el género se expresa, etcétera.
Desde el movimiento transgénero se aboga por el derecho de cada persona a ser
reconocida en la identidad de género que manifiesta como propia, sin que la
morfología corporal se vea necesariamente comprometida.
Al
acercarse al estudio de lo travesti se pone en evidencia que si bien la anatomía destina - nació niña, lo
femenino, lo rosado, el vestido, las muñecas; nació niño, lo masculino, lo azul, el pantalón, el camión
– no
sella, el travesti
frente a este discurso aparece como desafiante a aquellos imperativos
sociales ligados a esa anatomía al nacer, remeciendo las fantasías y deseos
familiares y sociales construidos sobre ésta, quedando por fuera de todo lo que
el discurso hegemónico plantea como la forma de vivir siendo hombre.
Concordante
con estos planteamientos, Alicia Muniz (2004) ofrece como propuesta el pensar
la identidad de género como un precipitado de los ordenamientos históricos, el
que surgiría de la historización subjetivante del individuo y no se determinaría
unívocamente por las características del sexo con que se nace. Esta propuesta
aparece como alternativa frente al paradigma binario, el que al naturalizarse
se vuelve rígido y esquemático, volviendo irrepresentables vivencias y
experiencias genéricas que escapan de sus principios.
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