martes, 4 de junio de 2013

2.2 Identidad de Género


            La identidad como concepto ha sido abordada desde diversas disciplinas y niveles de análisis, siendo posible reconocer en su constitución un proceso variable y en constante desarrollo que transcurriría en gran parte de manera inconsciente, y que se encontraría continuamente mediatizado por los otros. Una definición comúnmente compartida respecto de ésta, es aquella que desde los planteamientos de E. Erikson (1968) aparece como una sensación de mismisidad y continuidad del sujeto, que le permite establecer una diferenciación entre él y los demás, proveyéndole de un lugar desde el cual sostener un diálogo con la sociedad.

Ormeño, M., (2007, citando a Lagarde 1992, p.42)  la propone como el sistema unitario de representaciones de sí, construidas en el curso de la vida de una persona, mediante las cuales se reconocen a sí mismas y son reconocidas por los demás como individuos particulares y miembros de categorías sociales distintivas.

Una de las primeras categorías sociales de la que se hace partícipes a los sujetos tiene relación con el género. Robert Stoller propone que a partir de la anatomía del infante y ligado a la mirada de los padres, comienza un proceso intersubjetivo que desemboca en la formación de una convicción de género. Desde que nacemos, lo primero que se dice de nosotros es si somos, niña o niño, inscripción realizada a partir de nuestras características físicas, las que desde ese instante estarán en permanente cambio, cambios que irán acompañando y reforzando este primer reconocimiento, el cual corresponde al sexo, y que se encuentra determinado por la diferencia sexual inscrita en el cuerpo, y por lo tanto anclado entonces, al orden biológico.

Junto a él, se encontrarán anudadas una serie de creencias y expectativas sociales y familiares respecto a la forma en la que nos habremos de  conducir según seamos mujer u hombre, que abarcarán aspectos como la forma de vestirnos, de comportarnos, de demostrar nuestras emociones, las áreas laborales en las que nos podríamos desempeñar, elección de pareja, nuestro lugar en la sociedad, entre otros. A este conjunto de elementos diferenciales para mujeres y hombres se le denomina género, y  resulta un elemento constitutivo  de nuestra subjetividad e identidad. Éste tiene que ver con los significados que cada sociedad le da a esta inscripción y el cómo cada uno nos relacionamos con éstos, de manera que estaría ligado a un aspecto de índole psicológico y social.

Respecto del género, el individuo establecerá los primeros reconocimientos de los otros y de sí mismo, acción fundante de la Identidad de Género, la que será entendida como “la identificación de cada persona con el género que siente, reconoce y/o nombra como propio” (Ormeño, M., 2007, p. 42).

En la constitución de ésta, cobra particular importancia el mecanismo de identificación, el que es entendido como el “proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste (Laplanche, J. y Pontalis, J., 1996, p. 184). Las diversas identificaciones que realice el sujeto se convertirán en un aspecto fundamental en la conformación de la personalidad del individuo.

A través de la identificación, se conformará en el sujeto un sentimiento de pertenencia al género femenino o masculino, junto a la posibilidad de que los demás lo perciban como tal. La aparición de este sentimiento, se reconoce como muy precoz, situándolo Emilce Dio Bleichmar (1994) a mediados del segundo año de vida, y anterior  tanto al reconocimiento de la diferencia sexual anatómica que separa a hombres y mujeres, como al reconocimiento de la posición de cada cual en la reproducción. En este sentido, podemos plantear que tanto hombres como mujeres ya desde muy temprano se perciben como diferentes.

La identidad de género se irá elaborando con base en la asimilación de diversas construcciones sociales sobre cómo se ha de comportar un sujeto siendo hombre o mujer, por su carácter simbólico y cultural, resulta importante observar el rol que juegan las representaciones sociales en torno a lo femenino y lo masculino, las que el niño en su desarrollo irá aprehendiendo, internalizando e interpretando en su construcción genérica. Niñas y varones, al ingresar desde su nacimiento a la cultura, encuentran que ésta ya tiene construidos los modelos, las representaciones y prohibiciones que irán conformando al yo y a sus ideales.

 Es así como conformará constructos sobre aquello “propio” para cada sexo, irá aprendiendo los deberes ser del género, asiendo los estereotipos ligados a su vivencia genérica, los que pueden ser entendidos como “un conjunto de creencias compartidas dentro de una cultura, acerca de los atributos o características que poseen hombres y mujeres”. (Baron, R., y Byrne, D., 1998, citado en Roselló, M., 2006, P. 12)

Marta Lamas (1995) propone que la transmisión de la lógica del género  y la eficacia con la que ésta opera se sustenta en el hecho de que se encuentra anclada al lenguaje y a la trama de los procesos de significación.

El género  aparece entonces, como una especie de  tamiz cultural por medio del cual interpretamos el mundo, y también una especie de  armadura con la que constreñimos nuestra vida, rigiendo nuestras prácticas, discursos y representaciones sociales.
Sin embargo, la manera en cómo los imperativos sociales que la lógica del género establece tomen forma en cada uno de nosotros,  va ser la resultante de un proceso intra e intersubjetivo particular, que no siempre va a recorrer el circuito marcado socialmente para cada uno de los sexos, de manera que la forma en cómo se forje esta convicción puede presentar variadas rutas y “puntos de llegada”.

Es así como la visión del género como significado cultural que el cuerpo sexuado adquiere en un momento dado, aparece puesto en cuestión por el travestismo. Éste parece señalar que,aún  admitiendo la existencia de un sexo binario natural, no hay razón alguna para suponer que los géneros sean también, automáticamente, dos (Fernández, J., 2004, p.15), bajo la ecuación de hombre = masculino y mujer = femenino.

No obstante, en tanto que  esta lógica binaria se toma por “natural”, genera represión y opresión en quienes no se ajusten a las normativas que desde ella se proponen. Eliana Carril (2002) sostiene que cuando hombres y mujeres acceden a territorios reservados por la cultura al otro género, se considera que están invadiendo dominio extranjero.

Bajo esta perspectiva, Benjamin (1966, citado en Mercader, P., 1997, p. 50), plantea que en el travesti se reconoce una problemática social, en tanto que si bien ellos adoptarán todas aquellas características que lo femenino define, no intervendrán  sus genitales, lo cual los deja por fuera de toda definición de género o sexual existente. Lo antes planteado tiene como base el análisis respecto del cual se aprecia que en el paradigma occidental  no se contempla un lugar para aquellas mujeres sociales que tienen genitales masculinos, la posibilidad de que existan mujeres sociales con pene erosiona la coherencia de la heterosexualidad y el género biológico. Ante estos planteamientos surge la interrogante acerca de ¿de quién (es) hablamos cuando pensamos el género?, puesto que bajo la lógica imperante existirían personas des – generadas, por cuanto quedan fuera de los ordenamientos sociales existentes.

Ormeño, M.,  (2007) plantea que desde la óptica transgénero, la identidad se conforma en una integración contingente, performativa, de rasgos tales como el cuerpo, el deseo y la sexualidad, el  modo en que el género se expresa, etcétera. Desde el movimiento transgénero se aboga por el derecho de cada persona a ser reconocida en la identidad de género que manifiesta como propia, sin que la morfología corporal se vea necesariamente comprometida.

Al acercarse al estudio de lo travesti se pone en evidencia que si bien la anatomía destina - nació niña, lo femenino, lo rosado, el vestido, las muñecas; nació niño,  lo masculino, lo azul, el pantalón, el camión – no sella, el travesti frente a este discurso aparece como desafiante a aquellos imperativos sociales ligados a esa anatomía al nacer, remeciendo las fantasías y deseos familiares y sociales construidos sobre ésta, quedando por fuera de todo lo que el discurso hegemónico plantea como la forma de vivir siendo hombre.


Concordante con estos planteamientos, Alicia Muniz (2004) ofrece como propuesta el pensar la identidad de género como un precipitado de los ordenamientos históricos, el que surgiría de la historización subjetivante del individuo y no se determinaría unívocamente por las características del sexo con que se nace. Esta propuesta aparece como alternativa frente al paradigma binario, el que al naturalizarse se vuelve rígido y esquemático, volviendo irrepresentables vivencias y experiencias genéricas que escapan de sus principios. 

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